“Su Santidad Benedicto XVI visita a su ex mayordomo en
la cárcel del Vaticano y le comunica en persona la gracia del indulto papal”. Así se encabeza la noticia que, acto
seguido, comenta alguien a quien considero un amigo. Si se tratara de un
periodista de a pie y no de un mismísimo sacerdote, probablemente, no me
molestaría en responder. Pero que quien escriba sea alguien que conoce mejor
que yo los entresijos de esta iglesia peregrina en la tierra, me enciende. Si
bien es verdad que, como él, siento gratitud por este gesto que es “testimonio maravilloso de perdón, de
misericordia, de indulgencia”, no menos cierto es que, en absoluto, puedo
estar de acuerdo con los elogios que le dedica a este gesto papal. Aclaro que
no critico el gesto del Papa sino las palabras con las que mi amigo enaltece
tal hecho.
Comienza por compararlo con el de la
parábola del Padre misericordioso y del hijo pródigo y subraya cómo el Papa, al
concederle esta gracia “no se lo ha
notificado mediante un decreto, porque los padres no hablan a sus hijos
mediante decretos”, “no lo ha
recibido en audiencia en el Palacio Apostólico, porque los padres no conceden
audiencia a sus hijos” sino que “ha
bajado hasta las estancias de la prisión”. Lo cierto es que con tales
expresiones no puedo menos que comenzar preguntando si mi amigo entiende que el
Papa es padre de todos o sólo de algunos. Si los padres no hablan a sus hijos
mediante decretos, ¿es que los sacerdotes a quienes se les ha abierto un
proceso no son hijos? Porque a ellos si se les habla a través de decretos. En
lo de no recibir en audiencia a sus hijos, parecería que sigue una misma regla
porque, efectivamente, a los sacerdotes bajo sospecha tampoco los recibe. Eso
sí, tampoco los visita. De todos modos no puedo dejar de preguntarme con cierta
perplejidad qué es lo que hace una cárcel en el Estado Vaticano. Pensaba que
eso solamente se había dado en épocas pretéritas. Se ve que estoy muy
desactualizado y que soy muy ingenuo e ignorante, por lo que no puedo menos que
pedir perdón.
Continúa mi amigo afirmando que “este no es un gesto calculado del Santo
Padre”. ¡Caramba! ¿Y cómo es que hay fotografía y noticia en los medios de
comunicación? Si la prisión es en el mismo Vaticano ¿no podría haber transcurrido
todo en el silencio y la intimidad? Quizás no entendamos la expresión “gesto calculado” del mismo modo. De todas
formas ¿qué si lo fuera? Calcular un gesto de indulgencia y perdón y hacerlo
público en medio de un mundo en el que parecen sólo caber el castigo y el
rencor, me parecería un buen cálculo.
No se quedan aquí las expresiones de
elogio al gesto del Santo Padre. Mi amigo todavía matiza en su artículo que “los noticieros dicen que el Papa se ha
preocupado y se ha movido para que a Paolo no le falten vivienda ni trabajo. No
será en el Vaticano como antes, pero será en otro lugar. Será "en
casa", porque este padre no otorga un perdón frío y calculado. Su perdón
es a manos llenas. No deja de querer al hijo que antes quería y que ha seguido
queriendo, a pesar de su error y de su falta. Y el hijo expiará su pecado, pero
con la alegría inmensa de contar con el perdón y con el amor del Papa”.
¡Está claro! Para mi amigo el papa debe ser sólo padre del mayordomo. ¿Qué
sucede con todos los sacerdotes que han sido expulsados por decreto sin derecho
a audiencia y sin preocuparse por si tienen o no pan para llevar a su boca?
¿Qué sucede cuando hasta se les niega una paga que, por cierto, sigue
recibiendo la iglesia como aportación de los fieles o del Estado para el
sustento del clero?
“La paz y la emoción contenida en la
mirada de Paolo. Incluso la postura de sus manos habla por sí misma. Fácilmente
en ella podríamos vernos reflejados todos nosotros, cuando en alguna ocasión de
nuestra vida hayamos recibido la corrección y el perdón de nuestro padre.
¿Acaso no se reaviva la emoción en nuestro corazón?” Ya que mi amigo pregunta, respondo:
¡no! No puede reavivarse en mi corazón una emoción que no he tenido ocasión de
experimentar y, por eso, sí entiendo el gesto del Papa como un verdadero regalo
de Navidad, pero no a todos sino a Paolo y, por eso también, no estoy de
acuerdo en que ese encuentro sea puro Evangelio. Puro Evangelio será que ese
mismo gesto lo tenga con todos sus hijos, sacerdotes o no, que se hayan alejado
por sus conductas equivocadas o a los que hayan expulsado por la nada
evangélica máxima de la “tolerancia cero”.
Mi amigo
termina invitándonos a “leer pausadamente
el Himno de la Caridad (1 Cor 13, ss.)”. Pues, ¡hala!, reléelo amigo mío y
dime si tengo o no tengo razón. Y ¡sí!, ojalá haya más gestos como este que
puedan universalizarse y llenar de emoción no a un solo hijo sino a todos los
hijos de la iglesia que han sido despreciados por ella misma.