jueves, 28 de marzo de 2013

Diario (47) 25 de marzo de 2003


                “Bendita Tú entre las mujeres”
                11:15 “Fiat”. ¡Que se haga la voluntad del Padre! Después de haber dormido en la celda de mi interno de apoyo me traslado a la mía, donde me pongo el traje de faena, mi chándal. Una vez he desayunado y tomado la medicación, me dedico a barrer y a pasar la fregona al pasillo y a las dependencias comunes del piso en el que estoy. Aprovecho para limpiar también mi chabolo. Una ducha, me cambio y a la espera del capellán.
                El educador viene para explicarme que no puedo estar solo. Le expongo que duermo en la celda del interno de apoyo. Me pregunta qué tal sigo y baja.
                “Fiat” –hágase-. Mi sexto día de prisión. Hoy, la Virgen de la Cela recorrerá engalanada, de fiesta, las pequeñas calles del pueblo hasta el cruceiro. Santísima Virgen de la Cela, ruega por mí y por todos los encarcelados. Santísima Virgen de la Cela, ruega por mi familia y por las familias de los encarcelados. Santísima Virgen de la Cela, protege y cuida a tus hijos de Baredo.
                12:45 He celebrado la Santa Misa, rezado el oficio de lectura, laudes y hora intermedia. Me he quedado dando gracias mientras el capellán celebraba. Después me ha contado que ayer ha estado con el Obispo. Le comentó que quería venir a verme pero que le aconsejó que de momento no lo hiciera. Me subraya que se ha ofrecido para todo lo que pueda necesitar.
                Aunque estoy a la espera de la resolución del recurso, en prisión me tratarán como si estuviese condenado. Me observarán los primeros meses: cómo reacciono, si colaboro, etc. Me ha señalado el capellán que el primer mes es el más importante pues a partir de ahí decidirán. Le hablo del pequeño lío que tenemos con las celdas y me indica que tratará de hacer algo. El que no me dejen telefonear, piensa, es sólo para fastidiarme. “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
                17:40 He roto el ayuno. He ido a comer. Lentejas mezcladas con no sé qué tipo de verduras. Sin grasas ni carne. Estaban buenas. He tomado también un antigripal aunque ya me encuentro mejor. A ver si comienzo a coger el ritmo de esta nueva vida.
                Sé que está mal y que no debería ser así pero, confieso, me aburro. He terminado de rezar el breviario y el rosario, me he dormido una pequeña siesta y…aquí estoy. Sin poder telefonear, solo en la celda, vienen a mi pensamiento mi familia, mis amigos, esta situación en la que me encuentro… ¡Cuánto tiempo para pensar! Domine, ut videam.
                Recibo cuatro cartas y me apresuro a responderlas. Uno de los auxiliares de biblioteca me pide que le preste 10 €. Mañana cobra y me asegura que me los devolverá. Parece de fiar, ya veremos. Sigo sin poder telefonear e imagino que mamá estará preocupada pues desde el sábado no sabe de mí. Santísima Virgen de la Cela guárdamela, protégemela, cuida de toda mi familia y amigos.
                Fin de la jornada y traslado a la celda de mi interno de apoyo.  “Fiat”

miércoles, 27 de marzo de 2013

Diario (46) 24 de marzo de 2003


               Víspera de la fiesta de la Anunciación, fiesta, en la que fue mi parroquia, de la Virgen de la Cela. ¡Cuántos recuerdos! Ayer hizo dos años que se presentó la denuncia contra mí. Domine, ut videam!
                Esta noche he dormido fatal. Me tomé por la mañana unos antigripales –Rimagrip complex- que me trajo el hijo del Cabo. También me ha conseguido una manta. Menos mal, porque la celda de noche parece una nevera.
                A las 10:45 ya he desayunado, tomado la medicación, rezado parte del breviario y realizado limpieza en la celda sin que mi interno de apoyo opusiera resistencia. Un verdadero milagro esto último.
                Un funcionario que habitualmente hace sus guardias en Vigo y que sube algún día a la semana ha venido a visitarme. Muy atento conmigo se me ha ofrecido para lo que pueda necesitar. Me ha comentado que en la prensa sale publicada la noticia de la manifestación de ayer en mi apoyo. Intentaré conseguir un periódico. Hay funcionarios que son excelentes como personas.
                Hoy sudo a mares. Creo que tengo fiebre. Sigo con la sensación de mareo. Espero no ponerme más enfermo aquí. Era lo que me faltaba. Por mi pensamiento no dejan de pasar mis padres, mi hermana y mi cuñado, mis sobrinas, mis amigos… Lo cierto es que me alegra saber que tengo a tantas personas que me quieren y apoyan. Creo que puedo saber ahora, de verdad, quienes son amigos y quiénes no. Al menos algo bueno tenía que salir de todo esto.
                Sigo con mi ayuno voluntario. Lo ofrezco al Señor por los internos, por mi familia, por la paz en el mundo, por la iglesia, por los sacerdotes y las vocaciones consagradas…, también por mi propio caso. Cinco días ya en prisión y sobrevivo. “¡Gracias, Señor! En la soledad de mi celda siento que estás conmigo. Yo solo no podría con todo esto. Sigue llevándome de la mano”.
                A las 11:30 se entrevista conmigo la médico directora de la enfermería. Me dice que tratará de reubicarme a una celda en la que pueda estar solo. Me pide que colabore durante unos meses para ver cómo va todo. Si no fuera bien, aunque no es su intención, me advierte, me trasladarían a otro módulo.
                A las 14:20 estoy ya en mi nueva celda, la 35. Ya la he limpiado y he instalado mis cosas. El que hasta ahora fue mi interno de apoyo me ha dejado una taquilla, así que tengo dos. El hijo del Cabo me ha traído un televisor y me lo ha conectado. El Cabo –que ya no es el padre de ese chico sino el entrenador y auxiliar del capellán- me ha preguntado que a qué espero para empezar a comer. Su tono suena a recriminación y me advierte que médicos y funcionarios están pendientes. Quizás mañana rompa el ayuno. No quiero malentendidos. Le digo que cuente conmigo para lo que haga falta: limpieza o lo que sea necesario.
                Por primera vez me veo solo en una celda. ¡Dios me asista!
                Recibo la visita de mi abogado en locutorios. Viene a ponerme al día. Mis padres quieren que mi caso lo lleve un penalista de Madrid. El abogado de Vigo quedaría, así, en un segundo plano, como codefensor. Mi padre, mi compañero de curso y la compañera de instituto que sigue de cerca mi causa se han trasladado a la capital para entrevistarse personalmente con él y hablar de honorarios.
                A las 19:00 el funcionario me entrega dos cartas y me advierte que debo dormir en la celda de mi interno de apoyo. Me explica que la psicóloga me tiene clasificado con protocolo de suicidio y debo estar acompañado. Guardo silencio y obedezco aunque en mi interior hay un estallido de rabia. No hay quien entienda nada aquí. No se aclaran.

martes, 26 de marzo de 2013

Diario (45) 23 de marzo de 2003


                 A las 12:00 he celebrado la Misa y me acerco a la biblioteca para ver si hay algún periódico. El más reciente es de 19 de marzo. Un funcionario, amigo de dos profesores del instituto en el que impartía clases, ha venido a presentarse y a ofrecerse para lo que me pueda hacer falta.      
                Me siento sudoroso y mareado. Creo que tengo algo de fiebre. Al ver tanta gente en el pasillo esperando para entrar a la celebración de la Misa dominical, me he puesto nervioso y me he sentido incómodo. Es mi cuarta jornada aquí. No me acostumbro al ambiente. Me siento francamente mal. Domine, ut videam!
De regreso a Enfermería solicito autorización para telefonear. En un primer momento la funcionaria me deja hacerlo pero, sólo unos segundos después, me advierte que todavía no ha llegado la respuesta a mi instancia y debo colgar.
Estoy pendiente de las noticias en la TVG. Nada sobre la manifestación de apoyo.
Sigo sin apetito y sin comer. Ofrezco el ayuno al Señor. Me han enseñado que la penitencia y el ayuno le son gratos aunque, por momentos, dudo ya que se fije en mí o que me tenga en cuenta.
El día se ha oscurecido, llueve y tengo frío. Aún no me han dado una manta. Ayer no avisaron por megafonía para el reparto de medicación y hoy nos llaman a las 13:30. Después me tumbo sobre la cama pero no logro conciliar el sueño. El tiempo parece haberse detenido. Hoy, al menos, todavía no he llorado.  Mi interno de apoyo sigue distanciado de mí, no sé qué es lo que realmente piensa. Por las noches se muestra más cercano pero de día apenas habla. Estoy deseando que me trasladen a una celda en la que pueda estar solo.
A las 17:50 estoy solo. Debí quedarme dormido y me despiertan las gaviotas. ¡Qué tristeza! Esta mañana alguien me señalaba al pasar. Utilizaba un tono irónico, como si se alegrara de verme entre rejas y, a pesar de conocerme, no se dirigió a mí para saludarme. Este mundo en miniatura guarda incontables secretos para mí. Presiento que en esta ocasión podré descubrir muchos y que la decepción va a ser tremenda.  De momento me dejan andar un poco a mi aire, sin que apenas nadie se meta conmigo, pero tengo la sensación de que no será por mucho tiempo. Algo me dice que mi situación aquí pronto va a cambiar. Poner buena cara, callar, escuchar…es lo que trato de hacer. Mi desahogo es éste, escribir. Mi bolígrafo y mi papel son mis únicos confidentes, los partícipes de mis sensaciones personales, de mi visión sobre este mundo que me parecía conocer un poco y que desconozco por completo.
21:00 Noticia del Telexornal de la TVG: “más de 500 expedientes disciplinarios en los institutos de ESO. Los profesores pierden autoridad y es el colectivo que sufre más bajas por depresión. Alumnos cada día más conflictivos por tener que estar obligatoriamente escolarizados hasta los 16 años”.

Diario (44) 22 de marzo de 2003


                  Comienza un nuevo día. Éste trae consigo la ilusión de poder ver a mi familia, aunque no sea más que a través de un cristal de los locutorios. A las 10:30 he desayunado, tomado la medicación, me he duchado, afeitado y vestido para la ocasión. Quiero que mi apariencia sea buena y que me vean alegre por fuera, aunque la tristeza me devore por dentro.
                Es sábado, por lo que se intuye que el día será tranquilo. Espero a que llegue el capellán para poder celebrar la Santa Misa. Sigo la lectura del libro de José Luis Martín Descalzo, Razones para la alegría.  Podría parecer puro masoquismo leerlo en esta situación pero, al contrario, me ayuda a sobrellevarla. A las 11:10 ya he rezado, además, el Oficio de lectura y Laudes y he hecho la oración personal. La mañana se me hace eterna. Deseo ver a los míos. En la celda todo es quietud. El silencio únicamente lo rompen los graznidos de las gaviotas. Me traen consigo el recuerdo del mar, del inmenso océano que se abre ante nosotros invitando a la esperanza ante un horizonte abierto.  Aquí, rodeado de montañas, el mundo parece acabarse en ellas. El mío, como el de cualquier preso, parece concluir todavía antes, en el interior de este recinto entre rejas. Aunque los sentidos quieran engañarme quiero ver más allá de las rejas y de las montañas. Las gaviotas son señal segura de que hay más mundo del que ahora me rodea. ¡Qué largo se hace el tiempo!
                Por fin ha llegado el capellán. Su auxiliar viene a buscarme y me acompaña a la capilla para que pueda celebrar la Santa Misa. Después de la celebración el capellán me hablará de los “problemas” de mi ingreso: que mi interno de apoyo y el Cabo quieren traer para el economato de enfermería a un amigo suyo, que hay funcionarios que quieren que se me traslade de prisión, que la directora de enfermería está dispuesta a darme un plazo para ver cómo se desenvuelven las cosas… Me recomienda colaborar en lo que pueda y ser muy prudente con internos y funcionarios, procurando ser discreto y no hablar mucho.
                A las 12:00 llega el tan esperado momento de poder comunicar en locutorios con mi familia: mis padres, hermana y cuñado. Los encuentro de buen humor. Supongo que, como yo, hacen el esfuerzo para que la situación sea lo menos embarazosa posible. Mi hermana me pide que les escriba a las niñas, se llevarán una alegría. Le pido a mamá que haga un esfuerzo por salir y no quedarse metida en casa. A mi padre le digo que utilice mi coche. Mi cuñado me quiere enviar un discman pero le advierto que, de momento, es mejor esperar porque ponen bastantes dificultades para todo. Les dejo caer que el capellán me ha hablado de un posible traslado para que se vayan haciendo a la idea si sucede. Me preguntan por el interno de apoyo y se dan cuenta de que las cosas no son como cuando estuve preventivo.
                Mañana, me indican, habrá una manifestación de apoyo en la que ha sido mi parroquia. Hay carteles anunciándola y se espera una numerosa participación. El tiempo ahora se pasa a una velocidad increíble. Sin apenas darnos cuenta llega el fin de la comunicación. Se apaga el telefonillo y nos despedimos pegando nuestras manos al cristal.
                Los he encontrado aparentemente tranquilos, resignados. Mamá me pide que rece y papá me recuerda que el mundo no se acaba, que cuando se cierra una puerta, otra se abre. Bromeo y le digo que aquí eso sí es cierto. Has de esperar a que se abra cada una de las puertas para que, inmediatamente, se vaya cerrando a tu paso. ¡Tengo una familia excepcional! ¿Se puede pedir más?
                El Obispo ha telefoneado a casa para decir que esta semana estará muy ocupado, pero que procurará venir a visitarme en cuanto pueda.
                Por la tarde no nos dan la medicación. Me siento con la cabeza en el aire pero no sé si se debe a esto último o a que ya llevo tres días sin comer ni cenar. Sigo sin apetito. Escribo a mis sobrinas, a mi hermana y a tres amigos más. Rompo a llorar así que decido rezar la hora intermedia, las I vísperas y el rosario. Sigo leyendo Razones para la alegría.
                Son las siete cuando comienzan a llegar mis compañeros. Los sábados acostumbran a jugar al fútbol. Mi interno de apoyo apenas cruza una sola palabra conmigo. Sí, ciertamente ha cambiado. El griego me dejó la llave del economato por si algún funcionario o personal sanitario llamaban para tomar café. No hubo ninguna incidencia. Una tarde tranquila. Tiempo para rezar, dormir, llorar…y dar demasiadas vueltas en mi cabeza a los últimos acontecimientos de mi vida.
                A las 20:30 estamos ya chapados. Hago el propósito de ir mañana, domingo, al comedor. No me faltan ganas de iniciar una huelga de hambre pero…para qué valdría. Ofrezco al Señor mi ayuno, puede ser un buen modo de iniciar este tiempo de prisión que promete ser largo, muy largo y complicado.
                Domine, ut videam!

lunes, 25 de marzo de 2013

Diario (43) 21 de marzo de 2003


                  La noche anterior, una vez chapados en la celda, el interno de apoyo me pidió perdón por el frío recibimiento. Se disculpó diciéndome que no contaba conmigo y que no supo cómo reaccionar. Hoy me deja una taquilla libre y una mesa para que pueda organizar mis enseres.
                Me he despertado en varias ocasiones. El interno de apoyo me ha dicho que no he parado de hablar en voz alta mientras dormía.
                A las 12:00 celebro la Santa Misa. El funcionario de guardia me puso dificultades en un primer momento para dejarme salir del módulo sin una autorización escrita pero, finalmente, accedió. La psicóloga me entrevista brevemente. Me pregunta si soy inocente y por qué estoy en la Enfermería, ya que aquí, dice, se limitan mis actividades. Le señalo que llevo dos años con tratamiento psiquiátrico por depresión. El funcionario me avisa de que la trabajadora social me espera. Me abre una ficha de datos y me reitera la misma pregunta que la psicóloga, por qué estoy en enfermería. Me indica que si necesito algo he de solicitar su asistencia a través de una instancia y que al estar pendiente de la resolución del recurso al Supremo no se me puede catalogar para permisos ni grado. Sospecho que a algunos no les sienta bien que me hayan ingresado en este módulo.
                Esta mañana, después de desayunar en el economato y hablar con un educador, subí a la celda y me puse a leer Razones para la alegría. Me siento, en esta ocasión, más preso que en la anterior. Aunque no sea firme, hay una condena. Muchos de los reclusos que había conocido están ya en libertad o a punto de conseguir el tercer grado. Alguno se ha ahorcado. La mayoría son nuevos. Presiento que me va a costar adaptarme a la situación. A los internos que ya conozco los he encontrado envejecidos. Ha pasado un año y cuatro meses desde mi estancia aquí, pero da la sensación de que hubieran pasado muchos más años. Solo en la celda oigo a las gaviotas. El tejado está invadido por ellas. ¡Cómo ha cambiado la prisión! Funcionarios, internos, normas… no es la misma.
                He solicitado permiso para telefonear pero todavía no ha llegado la respuesta a mi instancia. Me preguntan a quién voy a llamar y acceden a mi solicitud. Por fin puedo hablar con mis padres unos minutos. Mi hermana sigue con fiebre y mamá está muy preocupada. Dice que mañana vendrán a verme.
                Escribo mis cuatro primeras cartas: al Obispo, al abogado, a mi compañero de curso y a mi compañera de instituto. Después leo y me quedo dormido un rato. Rezo el rosario, voy a por la medicación y llega la hora del chape. Tampoco hoy he podido comer ni cenar nada. No tengo apetito ninguno. La única noticia que me ha llegado del exterior es que estamos en guerra contra Irak. Aunque mi interno de apoyo tiene un televisor, no me atrevo a encenderlo si él no está. No quiero incordiarle ni romper demasiado su intimidad. Bastante es ya que tenga que tenerme como inquilino. A las 20:30 el economato ha cerrado y estamos ya en las celdas. “Domine, ut videam”.

Diario (42) 20 de marzo de 2003



                 Al llegar a prisión me recibe el capellán. A quien primero me encontraré de mis antiguos compañeros de prisión preventiva será al licenciado, destinado ahora en el módulo de Ingresos.  Su sorpresa al verme es enorme y lo primero que me dirá será: “¿Por qué no huiste? En Costa Rica tenías mi casa”. Sí, me había ofrecido su casa de allá pensando que no me hicieran justicia. Hoy puedo decir que no fue la única “oferta” que había recibido. Para mí no tenía sentido aceptar ninguna pues creía, ¡qué ingenuo!, que la verdad vería la luz.

                En Ingresos el mismo protocolo que la vez anterior: fotografía, toma de huellas, revisión de equipaje. Ya me conocen. Un funcionario me desea suerte. El licenciado pasa un rato conmigo mientras no llega el capellán para acompañarme a Enfermería. El siguiente sorprendido será el griego. De camino a la misma celda que ya había ocupado en mi anterior estancia me encuentro con el hijo del Cabo, quien me da un abrazo y dos besos. El que había sido mi interno de apoyo, sin embargo, me recibe con una frialdad que me asusta. Pronto me entero de que habló con el capellán y con el que ahora es nuevo Cabo de Enfermería porque no quiere compartir celda. ¡Qué palo!
                Una pequeña “tertulia” con el capellán y algunos internos en la capilla. Quienes me conocen no se alegran de verme y me saludan con afecto y desean suerte. A las 18:30 me entrevisto con la doctora. Me dispensará un dormicum para que la noche no sea demasiado larga.
                No he podido telefonear. Mi hermana y las niñas estaban con fiebre. Sólo he podido despedirme de ella por teléfono antes de mi ingreso. Con las niñas no me he atrevido a hablar. He solicitado a través de instancia poder hacerlo mañana. No he comido ni cenado. He roto a llorar y me preocupa la reacción del interno de apoyo y del nuevo Cabo. Este último, en cuanto me vio, me espetó: “¿Qué coño haces aquí?”. Eso mismo me pregunto yo. Creo que el primero ve peligrar su intimidad y el segundo su destino. Era el entrenador y ahora, además de Cabo de Enfermería, está destinado como auxiliar del capellán. Tengo la impresión de que mi nueva estancia en prisión nada tendrá que ver con la anterior como preso preventivo.
                Ha comenzado de nuevo mi vida carcelaria. Uno de los internos es de una de las parroquias donde he ejercido mi ministerio y me saluda muy amigablemente. La mayoría son nuevos, no los conozco. Como me ha recomendado el capellán, tendré que aprender a ganármelos.
                El aspecto externo de los patios de acceso a los módulos ha cambiado. Las paredes están decoradas. Ya no sólo se puede ver el mural del Puente de Rande sino también otro del Parador de Baiona, de la Casa Consistorial de Pontevedra, de la iglesia de La Peregrina y el famoso Cruceiro de Io. En el economato siguen pegadas a la pared dos estampas que le había dado al griego: de San José y de la Santísima Virgen.
                En la celda, sobre distintas mesillas, hay también estampas de la Virgen y de santos –alguna de las que yo mismo le había dado a mi interno de apoyo-. Las taquillas están ocupadas así que dejo mi ropa en mis bolsas de viaje y en la de basura que me entregaron en Ingresos al no dejarme pasar una de las maletas –por razones de seguridad-. Me retuvieron también siete cds con archivos sobre mi causa. Son las 20:45 cuando me dejo caer sobre la cama. Un terrible día en mi vida. Siento tambalearse mi fe y una vez más he de repetir con cierta desesperación “Domine, ut videam!”.



miércoles, 2 de enero de 2013

Reflexión (12) Volver a empezar


          Al estrenar el nuevo año 2013, la letra de una canción de Pablo Alborán me invita a escribir esta “nueva entrada” en mi blog. Lo comparto sin estar muy seguro de que pueda o no interesar, pero es lo que me sugiere en este momento.
 “Volver a empezar de cero contigo o sin ti, volver a empezar de cero de nuevo estoy aquí”. Me quedo con lo de volver a empezar. Lo de empezar de cero, la verdad, no sé si es posible o, incluso, recomendable. De cero empezamos cada mes algunos comerciales, porque los objetivos del pasado ya no nos sirven para el presente; de cero empezamos cada mes, también, los que apenas rondamos los mil euros mensuales para subsistir; de cero empiezan seguramente aquellas personas que han tenido que sufrir una terrible enfermedad que les ha hecho perder la memoria y algunas de sus principales capacidades… Los demás, incluso aquellos que hemos perdido honra, profesión, capacidad económica y años de vida, no empezamos propiamente de cero. Y creo que es mejor así. Porque toda experiencia, también las traumáticas, nos enseñan y capacitan para seguir viviendo y conforman nuestra propia historia personal. El pasado, siempre y cuando no nos empeñemos en resucitarlo o en vivir de él, nos puede servir de ayuda en el presente y de cara al futuro. Quizás si rememorásemos más la historia y nuestra propia historia, cometeríamos menos errores. Insisto, sin querer regresar a ella. Alguno, con buena intención, me pregunta si no me gustaría seguir ejerciendo el ministerio sacerdotal. Eso, me guste o no, es historia y ya no regresará. Hurgar en el pasado, no; despreciarlo, tampoco.
Sí, al comenzar el nuevo año renuevo el propósito de volver a empezar. Siempre, por difíciles que sean las circunstancias, podemos empezar de nuevo. Recuerdo en una visita en locutorios a una abogada que me decía: “no se preocupe, ya verá como usted resurgirá de sus cenizas como el Ave Fénix”. Es cierto que, a veces, estas frases hechas nos producen malestar al oírlas, pero no menos cierto es que tienen su parte de estímulo y verdad. No así otras. Recuerdo la de un amigo, hace no mucho tiempo, que me decía: “no ates las manos de Dios”. Se refería a que no tomara decisiones sobre mi futuro. ¡Caramba! ¿Se le puede atar las manos a Dios? ¿Y  qué es lo que ha estado haciendo entonces hasta ahora? En fin, prefiero no dar rienda suelta a mis pensamientos sobre este tema.
Sí, volver a empezar contigo o sin ti. Hay personas que se cruzan en nuestra vida sin que signifiquen demasiado y otras que se convierten en referente y que le dan un sentido nuevo. Pero puede suceder que también estas últimas desaparezcan porque la vida nos las arrebate, porque no sepamos conservarlas a nuestro lado, porque nos hayan abandonado… Si se han ido quedémonos con lo mejor de cada una de ellas. Y si nos han hecho daño, si no somos nosotros quienes debamos arrepentirnos de cómo las hemos tratado, sigamos adelante con el convencimiento de que son ellas las que deben cambiar y no nosotros. ¡Qué mal me sientan esos “consejos” de que hemos de cambiar para que no nos hagan daño! ¿Por qué dejar de ser buena persona si es la otra la que ha abusado de tu bondad? ¿Por qué recomendar a quien es bueno que sea malo? ¡Que se arrepientan los que actúen mal, no quienes han dado su confianza, su lealtad, su cariño…a quien no supo “utilizarlos”!  Y si pudiéramos recuperar a alguien a quien hemos alejado, si vale la pena, intentémoslo, pero sabiendo que el tren que cojamos ya no será el mismo, sino otro.
Volver a empezar contigo o sin ti. Incluso puede ser que para un creyente, para quien ha puesto toda su confianza en ese Tú que llamamos Dios, éste llegue a “desaparecer” de su vida porque ya no lo perciba, no sienta su presencia, no descubra su acción en ella. ¿Perdería sentido, aún así, la voluntad renovada de volver a empezar? Yo creo que no. Es San Juan de la Cruz, el místico español, quien nos habla de la “noche oscura del alma”. ¡Cuántas veces podemos tener esa experiencia en nuestra vida de noche oscura! Y, sin embargo, es él mismo quien puede después exclamar “¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!”. Y es que del dolor, del sufrimiento, del fracaso, de la oscuridad…también puede surgir la luz. Hace muchos años ya que una frase me impactó: lucha como si Dios no existiese, pero sabiendo que existe. ¡Sí! Y yo me atrevo a decir aún más. Aunque no existiese, aunque lo que nos hubieran enseñado sobre Él no fuesen más que palabras bonitas, ¿no valdría la pena luchar por un mundo mejor, un mundo en el que el referente fuese el amor? A mí me bastaría el hecho de que Jesús, de carne y hueso, fuera mi referente y modelo. Sé que la teología dice que si Él no resucitó vana es nuestra fe. Pues bien, aunque no lo hubiera hecho, y no dudo que sí ha resucitado, tendría sentido para mí su enseñanza y ejemplo.
           Aunque muchas veces no tengamos más opción que conformarnos con lo que la vida nos da, aunque la oscuridad y el silencio de la amarga soledad se hagan presentes demasiadas más veces de las que quisiéramos, os invito a que siempre renovemos la voluntad de volver a empezar. Al estrenar el nuevo año es lo que a todos y cada uno de mis amigos y lectores os deseo.